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23 de agosto

     Antes de continuar con los avatares previos a la Guerra Civil en nuestro pueblo, daremos un pequeño salto hacia adelante, concretamente a julio de 1936. Sabemos que la situación no era nada halagüeña, ni por aquí, ni allende los Pirineos. A este lado de la cordillera, un débil régimen democrático sucumbe al poder político y económico de una minoría que se alza violentamente en armas contra su pueblo. No estaban dispuestos a compartir su omnipotente poderío. El gobierno legal, tras una serie de fatales tituveos, decide plantar cara a ese puñado de militares insurrectos, desencadenándose inmediatamente una cruenta guerra civil. Con el apoyo casi inmediato de la Alemania nazi, la Italia de Benito Mussolinni, el Portugal de Salazar y la complicidad de países como Inglaterra o Estados Unidos, la suerte de esta minoría quedaba bendecida desde el principio.

     Tras la sublevación de las guarniciones de Marruecos, el 19 de julio se producía la entrega del Ayuntamiento de La Roda a la Guardia Civil, afecta al movimiento subversivo, permaneciendo así la situación hasta el 25 de julio, fatídico día de Santiago para las hordas nacionales. Durante esta semana facciosa, regueros de sangre habían comenzado a inundar las calles y plazas de nuestro país. Por falta de tiempo, en nuestro pueblo no hubieron matanzas al estilo andaluz, aunque los cabecillas del golpe, bien se guardaron de encarcelar y apalear a todo aquél significado con la izquierda. Sin la traición militar, la masacre, que estaba por llegar, nunca hubiera acontecido.

     Algunas voces, voces provenientes de décadas de propaganda franquista, ecos de historias contadas a la mesa de las familias de orden, procedentes de creencias infundadas, en muchas ocasiones cargadas de odio, mentira y rencor, algunas voces digo, se encargaron de propagar diversos falsos mitos, entre ellos, que la canalla roja ya había matado en nuestro pueblo antes de la guerra. Y esta es una de las razones, señores y señoras, con la que muchos de nuestros convecinos justifican el alzamiento y la guerra. Es la respuesta a la estúpida pregunta de: ¿quién empezó a matar? ¿usted o yo? ¿usted que ataca o yo que me defiendo? No voy a negar que se trata de un debate maniqueo e ideológico que nos empuja a un callejón sin salida.

     El primer asesinato que nos consta en La Roda se produce a fecha de 27 de julio. Se trataba de Pascual, de 27 años, de la familia Cadenas Rodríguez de Vera. Muere abatido a tiros cerca del Monolito poco después de haber descendido del tren que lo traía de Madrid, donde estudiaba. Las circunstancias bélicas hicieron que efectivamente fuese la canalla roja la protagonista de este primer asalto en nuestro pueblo. Sin pretender justificar lo injustificable, es decir, el vil y cobarde asesinato, he de recordar que algunos se habían sublevado originando así un vacío de poder y una despiadada guerra sobre todo en sus primeros momentos. Podría aportar datos completos de cómo sucedió todo con respecto al asesinato de Pascual Cadenas, pues los vencedores bien se encargaron de investigar minuciosamente la muerte de sus caídos. Pero dado que el propósito de estas líneas es otro, completar los pormenores de esta primera víctima, me lo reservo para después.

     A continuación se producen más muertes, como la de los hermanos de Pascual, César y Leopoldo Cadenas. El 12 de agosto se encuentra el cadáver del fraile Pascual Parreño en la finca de Santa Marta. Dicen que de su cuerpo enterrado tan solo asomaba el brazo con el puño cerrado. Al día siguiente se hallan los cadáveres de los sacerdotes José Collado Ballesteros y de Jose María Herreros Alcaraz. El 23 de agosto se producía la fatídica saca de 77 presos de la cárcel y de la Iglesia, siendo los siguientes 24 fusilados en Quintanar de la Orden:

     

     Los cuerpos de estas personas fueron exhumados en Quintanar una vez acabada la guerra y enterrados en la cripta de la Iglesia de El Salvador. Posteriormente se les dedicó la placa que luce en la fachada principal del templo. Tanto sus cuerpos como su memoria vienen siendo honradas desde entonces año tras año. Hasta incluso en los libros del Juzgado municipal aparecen descripciones grandilocuentes en el momento de ser registradas las víctimas, con el añadido final que todos conocemos: caídos por Dios y por España. El próximo 23 de agosto se celebrará nuevamente una misa en su recuerdo.

     En primer lugar, me gustaría dejar claro que mi intención no es censurar el homenaje al recuerdo de las victimas, ni este caso, ni en ningún otro. Los descendientes de aquéllos que murieron vilmente asesinados están en todo su derecho de recordar y homenajear a sus muertos de la manera que consideren oportuna. Lo que resulta incomprensible es que estas personas y los poderes públicos que los amparan son precisamente los que se niegan a aplicar en su justa medida los términos de la Ley de Memoria Histórica, alegando paradójicamente que no están dispuestos a abrir heridas. Es decir, ellos pueden tener a sus muertos enterrados bajo la Iglesia y hacer misas y homenajes en su recuerdo. Mientras tanto, tenemos cientos de fosas comunes en nuestro país llenas de cientos de miles de cuerpos amontonados y a muchas de sus familias pidiendo una exhumación que casi nunca llega. Digo a muchas familias conscientemente, pues muchas otras no se han atrevido a solicitar una exhumación y sepultura dignas por la cultura del miedo y del silencio creados tras décadas de represión franquista; miedo que, como vemos y como yo misma he podido comprobar, por desgracia todavía persiste.

     Una vez finalizada la guerra, frente a la tapia del Cementerio de La Roda fueron fusiladas un total de 45 personas, la mayoría de ellas de La Roda. En Albacete también fueron pasados por las armas 29 individuos más, de La Roda también. Un resultado de 74 personas cuyos cuerpos todavía yacen amontonados y sin posibilidad de ser exhumados, no vaya a ser que se abran viejas heridas. Y a continuación te preguntas: ¿cuándo y de qué manera se cerraron aquellas heridas? o ¿acaso alguna vez estuvieron cerradas?. Mientras tanto, aquellos que prudentemente se niegan a la apertura de heridas, aquellos que dejaron todo atado y bien atado, el próximo 23 de agosto celebrarán nueva misa en la Parroquia de El Salvador. Están en todo su derecho…

    
Publicado enAnálisis - Opinión

4 comentarios

  1. Rémi Rouillon Rémi Rouillon

    Gracias. Tu relato me ha servido para reconstruir un poquito más mi historia familiar. El número 25 de esa lista que publicaste, era Juan Martínez García, marido de la hermana de mi abuelo paterno, mi tía-abuela Felicita Plaza Alarcón. ¿Sabes dónde puedo encontrar más información de La Roda en esta época? María Plaza

  2. CARMEN MARÍA PARREÑO CARMEN MARÍA PARREÑO

    Perdone por no haber podido contestar antes. Si es tan amable escríbame al correo electrónico para así poder tener yo también su email y poder enviar información. Un saludo

  3. Unknown Unknown

    ¿Por qué los llevaron a Quintanar de la Orden y no a otro lugar? Sólo comentarte que todas las personas que fueron acusadas de estar presentes en el fusilamiento de los 24 de La Roda, fueron fusiladas en 1939, incluyendo a algunos que no participaron en los asesinatos. Te escribo mi mail personal:

    javierpuerta21[at]gmail.com

  4. CARMEN MARÍA PARREÑO CARMEN MARÍA PARREÑO

    Hola Javier. Los llevaron a Quintanar porque en aquellas circunstancias muchos milicianos, ante el vacío de poder, hicieron justicia por su cuenta (antes de la aparición de los Tribunales Populares). Lo más común fue matar a estas personas en otras localidades sobre todo para hacer el proceso más opaco a ojos de vecinos y conocidos; con lo cuál, hubo un intenso intercambio de presos previo acuerdo entre milicianos de diferentes procedencias. El acuerdo de llevar presos de La Roda a Quintanar creo que fue fortuito y respondió a esta realidad. Y efectivamente al acabar la guerra se inicia un descabellado proceso de persecución y represión de todo implicado o sospechoso de haber participado en la saca de Quintanar, siendo incluso fusiladas muchísimas personas que no tuvieron nada que ver. El fin de la guerra no supuso la paz sino que abrió un período de revancha y venganza atroces.

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